La pregunta del millón,
queda expresada en el título.
La respuesta, la tiene
únicamente cada quien, pero; sin lugar a dudas es una de las cosas más difíciles
para la mayoría de las personas, que, en privado, y más aún, en público, se
privan de saber más, de conocer, de ampliar su acervo cultural, simplemente por
el temor (que es miedo) de que quede en evidencia su ignorancia respecto al
tema que se está tratando.
Un ejemplo que vivimos
casi todos los seres humanos, es cuando alguien está tratando de vendernos
algo. El profesional de la venta nos comienza a explicar las bondades de
determinado producto y en medio de aquella suelta el consabido “Como usted sabe
o conoce”… y se explaya en una serie de explicaciones y afirmaciones, que, “como
ya sabemos” hacen evidente que debemos adquirir el producto o artefacto en cuestión.
El miedo es el mismo. Miedo
a que sepan que no sabemos, lo que no teníamos por qué saber.
Si
acudimos a un seminario, nos invade un miedo cerval en el momento en que el
expositor fija su mirada en el público y dice ¿preguntas? Y se queda mirándonos
¡como si nos fuese a preguntar directamente a nosotros! En ese justo momento,
sabemos que no sabemos y que deberíamos preguntar, para salir de las dudas y
con ellas de la ignorancia, pero; ¿Qué van a pensar los demás de mí? Sabemos
que ellos también están ansiando que un valiente, pregunte, pero nadie mueve un
dedo y ¡¡mucho menos la lengua, por supuesto!!
Pero;
en el momento en que el conferencista dice, “Nos vemos otro día” y se prepara
para marcharse, decenas de personas lo abordan, ¡¡¡PARA PREGUNTAR!!!
¿Por
qué justo cuando se quiere retirar lo más de prisa posible el expositor, se
sacaron fuerzas para hacer las preguntas que generalmente quedan sin responder.
De nuevo… ¿Por qué? Porque nadie más oye la pregunta, nadie del público nos
puede juzgar. Y si por ventura la pregunta es importante para el conferencista
y lo hace notar en voz alta, entonces sí, nos sentimos importantes,
inteligentes, valientes y todas esas pavadas de las que nos vanagloriamos los humanos,
y que sirven exactamente para nada.
Hemos
perdido decenas de valiosas oportunidades de saber, de conocer un poco más del
tema que nos encanta, que puede salvar una vida, que nos puede hacer quedar muy
bien en una reunión. El conocimiento que podría contener la respuesta en la
entrevista de empleo, la ilustración futura de nuestros hijos… pero; a
sabiendas de todo esto y mucho más; preferimos comprar lo inservible y pagar
caros seminarios, para salir más ignorantes que cuando entramos, a sabiendas de
nuestra ineptitud, tara, defecto, cobardía…
Pero,
esto no se queda así, estoy absolutamente seguro que en la próxima oportunidad
que se nos presente, ¡¡Tampoco preguntaremos!!
Fraternalmente,
Jorge
Enrique

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