miércoles, 21 de junio de 2017

LA RECIPROCIDAD




El tema de la reciprocidad es un tanto complejo, en virtud de que interviene la percepción particular de cada individuo, y por ende, también su personal  discernimiento.  Al no estar regida o encasillada dentro de una serie de reglas o parámetros a cumplir indistintamente por las partes involucradas, queda sujeta a la interpretación de ocho billones de individuos que, sin lugar a duda alguna aportarán o exigirán ocho billones de razones contundentes al respecto.
Una de las fórmulas aparentemente más sólida para lograr una sana reciprocidad sería crear un “sistema”.  Una especie de acuerdo previo respecto a que estoy dispuesto a aportar, de qué forma, en qué cantidad, en qué momento y de qué calidad.  Por tanto, espero de ti exactamente las mismas cosas en las mismas proporciones y maneras como tu las recibes.  Si aquello llega a ser posible, si lo podemos establecer como una especie de “ley” a la cual las personas involucradas están sujetas, estaríamos siendo reciprocados a la perfección por quienes nos rodean.
Teniendo en cuenta que las relaciones interpersonales generalmente se centran y despliegan desde nuestro mundo sentimental-emocional, todo lo anterior es impracticable, al tenor de estas dos poderosas manifestaciones, que de hecho controlan y manejan al ser humano.  Únicamente nos queda entender que cada quien tiene una manera propia de ser, de entender y de llevar a cabo sus propios patrones de conducta frente a cada acontecimiento de la vida.  Por ende, no existe otro procedimiento frente al tema que nos ocupa, si no, aceptar la postura de cada quien en beneficio de la paz personal y de quienes interactúan con nosotros en el ámbito que fuere, y muy especialmente en el hogar; donde estamos como inspectores, pendientes de las supuestas fallas de nuestro cónyuge, para proceder a reclamar y exigir reciprocidad a nuestro aporte, sentimental, económico, emocional o de cualquier otro aspecto, pasando por alto la individualidad de nuestra pareja y la particular singularidad en su manera de ser, pensar y sentir. 
Si estamos insatisfechos de la forma como se reciprocan nuestras acciones, lo único que podremos hacer es efectuar los cambios necesarios en nosotros mismos paulatinamente, sin prisa de ninguna especie,  cambien nuestra forma de ser por una más o menos parecida a la de nuestra pareja, contemplando siempre la posibilidad de correr el riesgo de ir en detrimento de aquello que sustancia la estabilidad de nuestro hogar.    
Aprendamos a comprender que, por ignorancia, falta de cultura, de sensibilidad, capacidad, educación, formación e individualidad, cada uno de los seres humanos tendrá su manera propia de expresarse y ser en todos los sentidos.  Recordemos que, al querer cambiar a nuestros semejantes, generalmente creamos un abismo que nos distanciará lenta, pero; seguramente de nuestro cónyuge, familiares y amigos. La verdadera compresión y madurez, radica en saber que la mayoría de los seres humanos, son totalmente diferentes a nosotros y aceptar esa diferencia. 
Esta Sí es una “fórmula” real (si no es la única), para alcanzar el grado de satisfacción que nos causa sentirnos reciprocados por nuestros actos. 

Fraternalmente,

Jorge Enrique


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