El tema de la reciprocidad es un tanto complejo, en
virtud de que interviene la percepción particular de cada individuo, y por
ende, también su personal
discernimiento. Al no estar
regida o encasillada dentro de una serie de reglas o parámetros a cumplir
indistintamente por las partes involucradas, queda sujeta a la interpretación
de ocho billones de individuos que, sin lugar a duda alguna aportarán o
exigirán ocho billones de razones contundentes al respecto.
Una de las fórmulas aparentemente más sólida para
lograr una sana reciprocidad sería crear un “sistema”. Una especie de acuerdo previo respecto a que
estoy dispuesto a aportar, de qué forma, en qué cantidad, en qué momento y de
qué calidad. Por tanto, espero de ti
exactamente las mismas cosas en las mismas proporciones y maneras como tu las
recibes. Si aquello llega a ser posible,
si lo podemos establecer como una especie de “ley” a la cual las personas
involucradas están sujetas, estaríamos siendo reciprocados a la perfección por
quienes nos rodean.
Teniendo en cuenta que las relaciones interpersonales
generalmente se centran y despliegan desde nuestro mundo sentimental-emocional,
todo lo anterior es impracticable, al tenor de estas dos poderosas
manifestaciones, que de hecho controlan y manejan al ser humano. Únicamente nos queda entender que cada quien
tiene una manera propia de ser, de entender y de llevar a cabo sus propios
patrones de conducta frente a cada acontecimiento de la vida. Por ende, no existe otro procedimiento frente
al tema que nos ocupa, si no, aceptar la postura de cada quien en beneficio de
la paz personal y de quienes interactúan con nosotros en el ámbito que fuere, y
muy especialmente en el hogar; donde estamos como inspectores, pendientes de
las supuestas fallas de nuestro cónyuge, para proceder a reclamar y exigir
reciprocidad a nuestro aporte, sentimental, económico, emocional o de cualquier
otro aspecto, pasando por alto la individualidad de nuestra pareja y la
particular singularidad en su manera de ser, pensar y sentir.
Si estamos insatisfechos de la forma como se
reciprocan nuestras acciones, lo único que podremos hacer es efectuar los
cambios necesarios en nosotros mismos paulatinamente, sin prisa de ninguna
especie, cambien nuestra forma de ser
por una más o menos parecida a la de nuestra pareja, contemplando siempre la
posibilidad de correr el riesgo de ir en detrimento de aquello que sustancia la
estabilidad de nuestro hogar.
Aprendamos a comprender que, por ignorancia, falta de
cultura, de sensibilidad, capacidad, educación, formación e individualidad,
cada uno de los seres humanos tendrá su manera propia de expresarse y ser en
todos los sentidos. Recordemos que, al
querer cambiar a nuestros semejantes, generalmente creamos un abismo que nos
distanciará lenta, pero; seguramente de nuestro cónyuge, familiares y amigos.
La verdadera compresión y madurez, radica en saber que la mayoría de los seres
humanos, son totalmente diferentes a nosotros y aceptar esa diferencia.
Esta Sí es una “fórmula” real (si no es la única),
para alcanzar el grado de satisfacción que nos causa sentirnos reciprocados por
nuestros actos.
Fraternalmente,
Jorge Enrique

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