De hecho los conflictos son el mayor problema de la
humanidad, ya que la constante lucha en que se mantiene la existencia de una
gran mayoría, por hacer prevalecer cada uno; su manera de ser o de pensar,
genera serias frustraciones, resentimientos y deja profundas huellas en la psiquis
de los involucrados y muy especialmente cuando somos menores. Desde temprana
edad se sufren las consecuencias de los conflictos de nuestros progenitores, la
imposición de los mayores, profesores, religiosos y todas las supuestas
“autoridades”, que desconociendo las causas de su propia frustración, intentan
transferirla a las personas más vulnerables que encuentran en su camino,
ensañándose con ellas, consciente o inconscientemente. Este tipo de
intolerables comportamientos también forjan
en los menores profundos resentimientos que luego vierten en la
sociedad, convirtiéndose en los delincuentes, resentidos sociales, adictos y
parásitos sociales que en la actualidad, tienen a la colectividad sumida en un
caos, del que aún no comprende ni entiende su
procedencia.
En la mayoría de la humanidad pesan sobre el factor
psíquico, los engramas, que son una
especie de fantasmas que se mantienen en nuestra psiquis y se manifiestan
espontáneamente en nuestras, emociones y sentimientos. En el momento menos
pensado aparecen con el trauma y edad en que fueran ocasionados, distorsionando
por completo nuestro panorama y nuestro momentum, haciéndonos víctimas de
nosotros mismos y por supuesto de quienes sembraron en nosotros aquellas taras.
Me explico mejor. Un
engrama puede ser causado por una amenaza o ataque real de uno de nuestros
progenitores, en el instante en que nos sentimos agredidos física, mental o
verbalmente, esa intimidación, ese miedo y la agresión en sí, se graban en nuestra
mente de por vida, salvo que seamos sometidos a los tratamientos respectivos
con un profesionista de la salud mental que tenga los conocimientos y las
técnicas para borrarlos de nuestro factor mental.
Dicho esto, debemos entonces contemplar y saber que,
un accidente, la muerte de un familiar cercano, un amigo estimado, ¡ocasionan
un engrama! Incluso antes de nacer, en el vientre materno, se adquieren varios
de ellos. De forma tal que estamos sujetos durante toda nuestra vida a
adquirirlos, pero no poseemos la manera de desterrarlos de nosotros a modo
propio.
Estos “fantasmas”
decía, aparecen en el momento en que una situación, palabra, contexto o paraje,
se parece a uno que nos dejó aquella marca en nosotros. Por lo tanto es el
niño, el infante, el adolescente, o el púber el que se actualiza y entra en
nuestro escenario, haciendo y diciendo cosas muy similares a las que nos
ocurrieron en aquella época. De forma
tal que a nuestro interlocutor, le costará y le cuesta mucho trabajo entender
la razón de nuestra violencia, pataleta, descomposición, miedo, pasividad o
explosión.
Como él o ella,
tienen sus propios engramas, responderá con uno que encaje con la situación y
de allí… arde Troya! Después nadie sabe
porque se comportó como lo hizo, pero quedan las heridas de la refriega y
volvemos a cosechar un nuevo engrama. Y… si no maduramos por voluntad y
esfuerzo propio o a la fuerza y lo más pronto posible; poniéndonos manos a la
obra para terminar con ellos, muy posiblemente ellos acabarán con nosotros de la
misma manera que lo han hecho a lo largo de los tiempos con casi la totalidad
de la humanidad.
Utilizo el
término “terminan” porque si miramos a nuestro alrededor con pensamiento
crítico, podremos ver millones de ancianos amargados por lo que no pudieron
hacer, hicieron mal, y no pueden corregir o subsanar. Tácitamente viven de los: Si hubiera… Si no
hubiera hecho, si no lo hubiera dicho. Si hubiera seguido mi impulso. Si le
hubiera dicho lo que sentía… etc., etc.
Para ese mismo
estado se dirige la humanidad a pasos gigantescos, sin mirar a su alrededor, a
los costados o al frente, sin saber realmente si vive si existir o existe sin
vivir. Intentando escapar de la
responsabilidad de asumir la responsabilidad de realizarse y ser feliz.
Hoy, víctima de
la inteligencia artificial, de las redes sociales, inmersos en sus Smartphone,
los seres humanos dejaron de transitar las calles para pulular por ellas,
chocando unos contra otros, sin saber exactamente hacia donde los dirige la
vida. Y reitero, los dirige la vida, porque ellos ya renunciaron a vivirla; ¡es
la vida la que los vive a ellos¡
Fraternalmente,
Jorge Enrique

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