Los uniformados entraban uno a uno en la
aldea. En la espalda, terciados sus
rifles y al cinto sendas automáticas. La
mirada atónita de los aldeanos...
contemplaba a aquellos extraños visitantes, que
sin el más mínimo respeto irrumpía e interrumpía el momento sagrado de la
danza. El comandante -como le llamaba aquella especie de ejército-, espetó “¡¿Quién
es el jefe aquí?!”, automáticamente, como se mueve un cardumen en el mar, las
cabezas de los aldeanos giraron y cientos de pares de ojos se clavaron como
alfileres en un anciano de luenga barba blanca que reposaba a la sombra de una
choza. El uniformado se dirigió a pasos
gigantescos hacia el anciano, llegó junto a él y preguntó; “¿Qué clase de
personas habitan en esta aldea?”, el anciano sin comprender la pregunta, miró
al enorme soldado con ojos desorientados… “¡Imbécil!” espetó el gigante, “¡¿A quién
siguen ustedes, a nuestro gran líder Adbdú o al tirano Jabde?!” el anciano
respondió apaciblemente, -A ninguno de los dos, solo nos seguimos a nosotros
mismos y ya es difícil, ¿cómo seguir a alguien cuando ni siquiera te sigues a
tí mismo?, el uniformado parpadeo sorprendido por tan extraña respuesta y
abriendo los ojos como platos, gritó ¡¿Quién les ha metido en la cabeza
semejante despropósito?! “¡¿Cómo puede alguien ir por el mundo como un cerdo,
sólo sin ideas sociales, políticas, económicas, religiosas?!” “¡Debes morir
anciano estúpido, tienes dormida y esclava a tu gente!” su mano se movió hacia
la 45 que portaba al cinto, cuando una voz sin urgencias se hizo escuchar desde
dentro de la choza…-Espera hermano, no le hagas daño, las ideas son mías y, si
alguien tiene que señalarse culpable, lo cual es necesario para vuestra mente y
en vuestra cultura, sería yo- La mirada de quien así hablaba, se encontró con
la del comandante y, extrañamente aquel, se sintió invadido por un temor
extraño, esa mirada le veía hasta los huesos, sintió que su conciencia estaba
expuesta ante aquel humilde hombre que salía de la choza. Tartamudeó “Qu, que”
“¡¿Quién te enseñado tan revolucionarias ideas desgraciado?!” miró a su
interlocutor esperando la respuesta, pero tuvo que agachar la cabeza al
contemplarse en los radiantes ojos del aldeano. -Nadie, señor, hace mucho
tiempo un hombre enjuto y moreno, pasó por nuestra aldea y pidió hospedaje, el
cual le dimos gustosamente, esa noche- prosiguió el hombre -todos los aldeanos
estuvimos a su alrededor escuchando sus sabias palabras. Al terminar la velada, se puso de pie y
levantando el tono de su voz dijo “Si posees claridad, si eres una luz
interna para ti mismo, nunca seguirás a nadie, porque está dicho por un antiguo
y verdadero Maestro, “No pondrás otros dioses delante de mí y yo estoy en
vuestro interior”. -Sonriente camino hacia su choza, yo le pregunte -Señor;
¿Cómo te llaman tus hermanos?-, -el respondió-; Jida, Jida Krisnamurthi y
desapareció de su choza y de la aldea, porque al amanecer había partido
despidiéndose únicamente de nuestro consejero mayor a quien tu llamas jefe-.
El soldado recapacitó unos segundos, dio
vueltas a lo que acababa de escuchar y ordenó a su tropa que comieran su ración
y descansaran, mientras él interrogaba al aldeano respecto a la idea loca de no
tener guía, líder o maestro para andar por el mundo. “¿Dónde conseguir el
conocimiento, donde encontrar la enseñanza, si no; en las aulas, en las
iglesias en los estamentos gubernamentales en los que más saben?” -Has de
saber- contestó con reposada voz el aldeano, -que todo cuanto nombras no es
necesario para vivir y convivir con las especies que pueblan la tierra- -La
humanidad no necesita de la humanidad para ser, pues aquello que alguien
inventó o creó según él para tal o cual cosa, no es necesariamente el
instrumento más útil- -Un puñado de
humanos, en alguna parte del mundo decidieron por sí mismos que cada
cosa, cada pensamiento, cada evento tenía y bebía tener una explicación. A
aquella explicación la llamaron LOGICA y cómo eran hombres poderosos por su
dinero y nombradía, la humanidad aceptó sus dictados como los únicos verdaderos
y reales poseedores de la verdad, descartando las leyes naturales que nos
rodean a cada instante-. “Entonces”
replicó el soldado, (que tenía que hablar con la cabeza gacha para no cruzar su
mirada con los soles que portaba por ojos el aldeano), “¿Qué tipo de vida
podrían llevar los pueblos, las ciudades sin sus gobernantes, sin sus leyes,
sin su ejército?”. Esbozando una leve
sonrisa el aldeano respondió -Una como la nuestra, en donde por no haber castas
sociales, todos somos iguales, donde por carecer de lujos y vanidades, no
tenemos nada que envidiarnos y por tanto carecemos de la ambición de tener lo
que no es útil a la vida misma-. -Una vida señor-, prosiguió el aldeano, donde todos somos nuestros propios jefes,
veneramos a nuestro Dios interno, delante del cual como os quedó dicho, no
debemos poner otros dioses, (solo tu entendimiento traduce esta frase),
aplicamos las leyes de la igualdad, del respeto, la solidaridad, no; porque nos
las impongan, si no; porque es la única manera de vivir con nosotros mismos y
con los demás, una vida sin guerras, porque no tenemos ni deseamos tener armas,
ni ser más que nadie señor-
El silencio invadió el lugar, el
comandante se puso de pie y todos, sus hombres y los aldeanos le oyeron decir,
“Me has convencido aldeano”. Ordenó a su tropa ponerse en movimiento
raudamente. Se volteó como en cámara lenta hacia su interlocutor mientras
desenfundaba su automática y a manera de despedida, vació el proveedor en el
pecho del aldeano y corrió para unirse a su tropa. El silencio era casi palpable entre la tropa,
un par de kilómetros más adelante, un teniente se arriesgó a preguntarle,
-Señor, ¿por qué lo mataste si estabas de acuerdo con él?-, después de un par
de minutos el comandante respondió; “Un hombre con una mirada como la suya, no
puede habitar en este mundo”
Fraternalmente,
Jorge Enrique


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